02 enero 2010

La guerra en Afganistán: una certeza y una duda

La semana pasada murieron otros cuatro soldados canadienses en Afganistán - junto a ellos, Michelle Lang, una periodista de Calgary que los acompañaba en el vehículo.
Así, son 138 los soldados canadienses, más cuatro civiles, los muertos en ese país desde el 2002.

La opinión pública canadiense se pregunta una vez más si esas vidas propias valen la pena. ¿Debe Canadá pagar este alto precio por tratar de construir un país sumido desde siempre en una guerra civil, por tratar de levantar allí una democracia, de darles una vida humana a las mujeres y niñas afganas? ¿Vale la pena todo este sacrificio por intentar salvar a esa sociedad, que desde aquí se ve tan lejana y diferente, de caer nuevamente bajo las garras del movimiento talibán?

Esta es una pregunta sobre el costo. Porque sobre la causa no hay dudas: esta es una guerra entre buenos y malos. Claro y directo: el Taliban es el malo.

Esta organización representa lo peor que un ser humano moderno, democrático y progresista pudiera imaginar: un grupo de fanáticos religiosos, crueles, sanguinarios, primitivos, intolerantes, que tratan de imponer - a fuerza del terror - un régimen fundamentalista, una tiranía teocrática, sobre toda una sociedad.

No hay duda alguna de que en esta guerra el Taliban es el malo. Un malo que destruye a bombazos Budas milenarios, que lanza ácido a los rostros de niñas afganas que caminan al colegio, que azota mujeres, que les prohibe educarse, votar y opinar, que mata "adúlteras", que decapita "herejes", que prohibe la música y el canto, que prohibe los libros, que comete asesinatos masivos de afganos y de extranjeros con ataques suicidas.

Luchar en aquella abrupta región del mundo es muy difícil - de hecho está costando y costará muchas vidas y recursos a muchos países.
Todos estamos de acuerdo en que pelear contra el Taliban es lo correcto, pero ¿vale la pena el sacrificio?
Esa es la difícil pregunta que la sociedad canadiense se hace en estos momentos.

Difícil respuesta.
Una tremenda duda divide este país entre el deseo de no abandonar a los millones de niñas, mujeres y afganos normales a su suerte ante el Taliban y la tristeza de recibir los cuerpos de otros cinco jóvenes canadienses caídos en esta lucha contra el mal.


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2 comentarios:

Xi dijo...

Lo que me pasa a mí es que el colonialismo pacificador me pone de los pelos. Si te preguntas si las muertes proporcionadas por los ejércitos estadounidenses -también a civiles- arreglan en algo el panorama, yo respondo categóricamente que no.

Así como en este momento son los Talibanes, en otro momento fue el vietcong. Yo no me compro los enemigos de maqueta. No tengo razones para defender a una organización terrorista, de ninguna manera.

Sólo me parece que tan terroristas como este grupúsculo de fanáticos religiosos megalómanos son los megalómanos de occidente que pretender imponer un modelo que juzgan "correcto" a tiros.

En medio de las líneas de fuego entre los que juegan a ser el dios correcto, está la gente. Y se la están cagando a tiros.

Un abrazote.

Frank H. dijo...

bueno, Xi - entonces estás de acuerdo en que hay que dejar que el Talibán haga de las suyas en Afganistán.
okey, es una manera de pensar.

Ya escribiré sobre el Congo, donde hay otros varios millones de personas desgarradas por la violencia interna de varias milicias, grupos terroristas y bandas de guerrilleros.

¿También hay que mirar para otro lado? ¿Hacer como que tal genocidio no existe?

¿Y el de Darfur?

¿Deberían las tropas americanas, canadienses, australianas haber ido a Europa a combatir a Hitler?
¿Tampoco?